Pero, la pregunta no es ¿qué deberían haber hecho los demás? sino más bien ¿Qué expectativas había puesto de forma irracional en personas a las que no he consultado? ¿Qué esperanza (convenientemente elaborada desde la comodidad o el egoísmo) había dejado en manos de otros que "no me representan"?
La política es cosa de todos, no debemos seguir dejándola en manos de unos pocos que se convierten en una "casta" o clase social especial. Los políticos son solo representantes de los ciudadanos, o sea las personas que estamos concienciadas y comprometidas con nuestras necesidades y con el bien del conjunto de la sociedad en la que vivimos. Gestionar las diferencias es el objetivo de la política, para conseguir armonizar las diferentes posturas, los diferentes objetivos vitales. Participar en la política es algo más que colocar nuestro voto en las urnas cada 4 años, esta es una responsabilidad grande y debemos ejercerla con plena conciencia. Pero el resto del tiempo también somos parte, necesitamos recuperar este poder que nunca debió caer en manos de desaprensivos, ladrones, empresarios financieros sin escrúpulos, etc.
Pero también la familia, los amigos, la relación con los hijos, etc., son cosa de todos. Tampoco, y mucho menos que en la política, podemos permitirnos dejar en manos de los demás nuestra responsabilidad, la de vivir de acuerdo a nuestros principios y necesidades. Aquí el riesgo de la indignación nos lleva a frustraciones mucho más cotidianas y, por tanto, más cerca de lo que nos hace felices o desgraciados. Y, sin embargo, ¡es tan fácil caer en la dejación!, perder la autonomía personal, confiar en que el amor que una vez surgió, continuará sin hacer nada, creer que los niños crecerán sin problemas delegando su educación en el colegio o en el cónyuge, ceder ante presiones sociales que a uno ya no le van ni le vienen, sentirse obligado a dar una imagen determinada que uno cree que los demás le piden... ¡Es tan fácil pensar que en cualquier caso son los demás quienes deberían devolverle a uno sus esfuerzos o el precio de sus frustraciones!
Claro el resultado es la decepción y la indignación. Y es que ¡nos cuesta tanto aprender!


